—Por favor, déjame entrar —me rogó juntando las manos.
Confieso que su cara de perro apaleado y su tono lastimero estaban a punto de hacerme ceder; por desgracia para él, me obligué a recordar las noches que lloré por su culpa y empujé la puerta con tanta fuerza que no le quedó más remedio que quitar el pie.
—¡Volveré las veces que sean necesarias! —me prometió a gritos.
—¡La próxima vez no pasarás de la recepción! —le prometí de vuelta.
—¡Este edificio es mío!
Ni bien lo dijo, abrí la puerta de golpe y lo miré con incredulidad.
No podía ser cierto y, de serlo, significaba que había sido traicionada por mi propia familia.
—¡Mientes! —lo apunté con el dedo.
—Parece que alguien no puso atención cuando le hablé de mis inversiones —susurró muy cerca de mis labios—. Este es uno de los dos edificios que compré en esta ciudad.
—Me mudaré mañana mismo —respondí entre dientes.
—Te mudarás, sí, pero al departamento del último piso, que es el que te corresponde por ser mi mujer.
—No soy tu mujer.
Apreté los puños a los costados, conteniendo a duras penas las ganas de borrar a punta de cachetadas la sonrisita de satisfacción que adornaba su perfecto rostro.
—¿Sabes quiénes no podrán pasar de la recepción a partir de hoy? —negué con la cabeza y su sonrisa se ensanchó—. Esos guardaespaldas que trajiste para impedirme llegar a ti.
Si pensaba que se iba a salir con la suya era porque no tenía idea de lo mucho que cambié desde que me dejó.
—Escúchame bien… —Tiré de su corbata con fuerza, obligándolo a agacharse para quedar a mi altura—. Hagas lo que hagas, no voy a volver contigo. Me perdiste hace un año, cuando no tuviste el valor de comprometerte conmigo.
—Tu cuerpo no está de acuerdo con lo que sale de esa boquita —sonrió pegando su nariz a la mía y mi cuerpo, como el traidor que era, le dio la razón echándose a temblar con ese simple contacto.
Solté esa corbata como si quemara y retrocedí un par de pasos. Tenía que alejarme, no podía darme el lujo de ser débil.
—Más temprano que tarde, volverás a ser mía —me aseguró, acomodándose la corbata.
—Sigue soñando.
—¿Contigo? Siempre, regina mía. No hay noche en la que no te vea en mis sueños, en la que no recuerde lo bien que dormía abrazado a tu cálido cuerpo desnudo. Y tú… ¿Sueñas conmigo?
—No —respondí tajante.
«Mentirosaaa, sueñas con él hasta despierta», gritó la traicionera voz de mi conciencia, esa que dando gracias a Dios solo yo podía escuchar.
—Sé que sueñas conmigo, solo espero que tus sueños sean tan placenteros como los míos —sonrió acortando la poca distancia que nos separaba.
—Son placenteros cuando te veo llorando de dolor después de darte una buena patada en los huevøs.
Su risa ronca hizo estragos en mi cuerpo, pero también me dio la oportunidad de volver a meterme en mi departamento y alejarme de su poderoso y seductor influjo...
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